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Una confesión de positivismo paradójico y vocación minimalista que termina siendo casi poética, pues no se encontró otra forma (como tampoco modo de abreviar el título).
Para conocer de Dios, el amor y el dolor, como en aquello del Bien, la Belleza y la Verdad, prefiero la experiencia directa a los mapas. No entiendo las escalas y las referencias de los Atlas, a menos que, a fuerza de intuición y ampollas en los pies, haya recorrido algún tramo del territorio. Como tengo pies de japonesa, me va llevando la vida aprender lo que los mapas, si no fuera tan escéptica, me hubieran enseñado a lo sumo en un par de años.
Una vez en viaje, sólo voy por laberintos o bandas de moebius cuando mi torpeza me impide encontrar la línea recta que va de un punto a otro de la espiral en que aquellos tres se van desplegando. Aun así me van mejor los caminos de polvo que las autopistas, porque se puede ir descalzo y quedarse algo del camino en la planta de los pies. Atrás, quedan las pisadas que el viento y la lluvia arrastrarán quién sabe adónde.
De esos y otros espacios tridimensionales, puedo contar apenas lo que se ve desde donde estoy, una parte tan pequeña del paisaje total que difícilmente podría ser mapa para alguien más. Por eso ando en silencio siempre que puedo (y nunca puedo lo suficiente): las palabras, como las florituras en el camino, sino suman restan.
¿Qué más puedo decir que no esté a la vista o asomando entre las letras con que me voy andando?
Sandra Lopez Vigil